sábado, 26 de enero de 2013

Cuerda de la Parada

Crónica de JuanCar
No he encontrado en ningún sitio el porqué del nombre de “Cuerda de la Parada”. Quizá sea una denominación local para la pista que circula por la parte alta de los cerros situados al este del pantano de San Juan…quizá sea eso. O quizá sea que el que ose a subir hasta allí necesitará una cuerda para que tiren de él y no quedarse parado…quien sabe.
El caso es que últimamente decidimos la ruta con apenas 48 horas de antelación al día de su realización, y todo debido al estado del tiempo. La página de Maldonado es con toda seguridad, la página más visitada por los miembros de éste grupo. Ver la evolución de la meteorología, la velocidad del viento, la posibilidad de lluvia, etc, se han convertido para muchos en una de las primeras y últimas actividades del día.
Los días iban pasando, y claramente el día mejor del fin de semana para embarcarnos en una ruta era el sábado. Lo decía claramente el tiempo.es, sábado=sol, domingo= lluvia. Así pues, decidimos que lo más apropiado era cambiar nuestro día habitual. Otra cosa era la ruta. Como de costumbre últimamente, en un principio barajamos dos o tres posibilidades, y una vez nos decidimos por una zona, empezamos a valorar variaciones que se acomoden lo máximo posible a todos los integrantes del grupo y que sean más o menos asequibles.
Así, a última hora del viernes, teníamos una ruta digamos “base” y dos posibles variantes en función del estado de las fuerzas y de la prisa que tuviéramos que darnos en volver al punto de inicio. ¡Y menos mal que contábamos con esas variaciones!.
La hora de inicio de la ruta, la de siempre: 8:45 para salir dando pedales a las 9:00. Y así fue, justo a las 8:45 llegábamos los vicalvareños al punto de quedada en el aparcamiento del Restaurante “El Puerto” en el km.48 de la M-501, a escasos dos kilómetros de la localidad de Pelayos de la Presa. Durante toda la semana parecía que esta vez la asistencia iba a ser menor que otras veces, que superaríamos escasamente los 10 participantes. Pero no, las nieves de los últimos días en la sierra, atrajeron a compañeros de otros grupos que habían cancelado sus rutas por la sierra. Incluso contamos con la asistencia de una nueva compañera: Noelia. Eso sí, para esta ruta echamos de menos a nuestros amigos los bandoleros; probablemente por ser sábado, ninguno de ellos se acercó a compartir la mañana con nosotros.
La asistencia final acabó por ser nuevamente bastante numerosa: 19 asistentes a una ruta convocada con poco más de 48 horas de antelación…Así pues, a las 9:00 de la mañana estábamos prestos para salir los siguientes amigos/as: Javi (Marek), Roberto, Pablo, Aitor (aitor c.g.), Jesús (Terminal), Nacho (Gorcam), Roberto (Murga), Jose Manuel (Frailman), Rai (Pawnee Gray), David, Juan Carlos (Charlie), Pachi, Noelia, Jesús (Agila), Javi (Jablan), Alberto (Peke), Efrén (Diabolik), Raúl y yo (JuanCar).
A las 9:09 nos pusimos en marcha, saliendo a la carretera para subir escasamente 300 ó 400 metros para enlazar con la pista donde empieza el ascenso a la cuerda de la Parada. Como todas las variantes que llevábamos tenían el mismo inicio, no había que decidir qué camino tomábamos. Desde ese punto nos esperaban 12 kilómetros de ascensión prácticamente continua que nos haría superar los poco más de 600 metros de desnivel entre el punto más bajo y el más alto de la ruta.
Ya al principio de la ascensión un cartel que anunciaba “Firme en mal estado”, junto con la pista pavimentada de hormigón, nos hizo temer a más de uno que la subida no iba a ser precisamente fácil.
Los 12 kilómetros de ascensión son bastante machacones. Las rampas del 12-14% de los primeros kilómetros hizo bastante mella en las piernas de alguno de los compañeros, aunque como siempre, a los que iban en cabeza no parecían afectarles en absoluto. En mi caso, me propuse hacer caso a mi cardiólogo y a mi intuición, y aunque no subí cómodo en ningún momento ya que me sentía todo el rato fuera de punto, no sufrí demasiado. Rampa tras rampa íbamos negociando la subida incluso avistando algún que otro ciervo joven que acertó a cruzar la pista en el momento más oportuno.
Cada cierto tiempo íbamos agrupándonos para que el rosario de compañeros no acabara por sembrar todo el monte. Las reagrupaciones, como siempre, se producían en las intersecciones con otras pistas o en algún claro del monte.
Eso sí, las vistas espectaculares. A medida que ascendíamos, el paisaje nos regalaba unas vistas espectaculares tanto de la sierra de Gredos como de las proximidades de Robledo de Chavela, y del valle del que más al oeste se sitúa el pantano de San Juan (que no vimos en toda la ruta). La sierra está fantástica, la acumulación de nieve de los últimos días la ha dejado de postal, aunque curiosamente, el macizo central en su parte madrileña está bastante más nevado que el macizo de Gredos teniendo éste cotas más altas.
Aproximadamente en el kilómetro 7 de la subida, debíamos pensar en si hacer la variante que nos llevaría a las antenas de televisión, o seguir por la pista hacia delante para acortar 5 km a la ruta. La decisión final fue acortar esos 5 km y no llegar hasta las antenas, ya que el ritmo no era demasiado vivo y añadir 5 km más con cerca de 100 metros de acumulado sólo haría que llegáramos demasiado tarde a los coches.
Un kilómetro más adelante, Roberto, aquejado de unos molestos calambres en su muslo derecho, decidió que lo mejor era darse la vuelta. Intentamos convencerle de que lo mejor era ir descansando, bebiendo, comiendo e ir tomando geles y alimentos dulces y tirar para adelante, pero él, casi como premonición de lo que nos iba a suceder más adelante, decidió que no, que se daba la vuelta y que además lo hacía solo. Nos esperaría sin ningún problema en el aparcamiento hasta que nosotros completáramos la ruta.
Por tanto, con Roberto de vuelta, los 18 restantes continuamos pedaleando por un falso llano por lo alto de lo que yo creo que es realmente la cuerda de la parada para en el transcurso de unos pocos kilómetros más, alcanzáramos la cota más alta de la mañana superando con creces los 1000 metros de altura. El último kilómetro, por lo menos a mí, se me hizo eterno. Mi GPS marcaba un 17-18% de desnivel después de 11 kilómetros de ascensión y mis piernas ya empezaban a decir que no querían pedalear.
Afortunadamente, y sin más problemas, nos reagrupamos en lo alto y continuamos la ruta. Así, como todo lo que sube, baja, desde el punto más alto solo queda una: bajar. La primera bajada es por pista, muy rápida y fácil, agradeciéndose la velocidad y el descanso después del largo rato de subida. Enseguida, y pillándonos por sorpresa, el track se desvía bruscamente a la izquierda y toma una corta parte de un cortafuegos de subida que, inmediatamente continúa con una bajada vertiginosa y con una pendiente endiablada. Dicha bajada se divide en dos tramos, uno largo y recto con una pendiente negativa de más o menos un 21% que acaba en una curva muy peligrosa a derechas que solo tiene un par de pasos ya que el ancho del cortafuegos se ve atravesado por una especie de surco que supongo está hecho para aliviar las aguas de bajada. Tras esta curva, el cortafuegos se inclina aún más y en un giro casi continuo a izquierdas, termina casi en la cuneta de la carretera hacia Robledo de Chavela.
Fue aquí, justo en la primera subida del cortafuegos donde sucedió el segundo incidente del día. Nacho rompió el cambio trasero de forma tal que era imposible cualquier reparación. En realidad la única reparación posible era quitar el cambio, acortar la cadena y dejar la bici en single speed. La opción de single speed no parecía poner muy contento a Nacho, así pues, y gracias a que Roberto decidió volverse al aparcamiento, teníamos equipo de rescate que evitaba que Nacho se pegara la pateada del día. No en vano estábamos en el punto de la ruta más alejado del inicio. Y aún más, la fortuna quiso que además el rescate se produjera en unas condiciones inmejorables: justo al lado de la carretera.
Así pues, mientras Roberto venía al rescate de Nacho decidimos que lo mejor era comer y esperar. Roberto llegó enseguida, y tras hacer la foto de grupo completa (ya que Roberto estaba allí con nosotros), continuamos nuestra marcha mientras nuestros dos compañeros cargaban la bici y volvían al punto de inicio a esperarnos para la opcional.
Desde el punto de la rotura de cambio de Nacho ya era todo casi bajar, aunque el terreno por aquella zona nunca es sólo de bajada. Es cierto que los tramos de bajada superan a los de subida, pero los cerca de diez toboganes hacen que las piernas, ya relajadas por la bajada, se duelan del esfuerzo por castigarlas de nuevo a subir; poco, pero subir.
La cantidad de tiempo parados y la premura por llegar al aparcamiento nos hizo tomar la decisión de optar por la segunda variante del día: en vez de volver por las cercanías del pantano de San Juan, volvimos por la pista más directa posible que nos condujera a la pista asfaltada inicial.
Justo cuando la bajada desemboca en el hormigón, alguno de los compañeros, capitaneados por el diabólico Efren y seguido a continuación por Frailman, Rai y alguno más (no sé realmente quién fue), decidieron atajar por un sendero que salía desde la pista principal. Los demás decidimos tomarnos la revancha con la pista que nos castigó a base de bien a primera hora de la mañana.
En la bajada por pista iba yo en cabeza. Justo cuando faltaban escasos 200 metros para acabar la bajada, tres ciervos jovencitos salieron corriendo desde el bosque a mi izquierda. La imagen fue significativa. Los tres ciervos venían desbocados huyendo de quien vi unos metros después: Efrén bajando a toda pastilla por el sendero. Los tres ciervos, al verme en su trayectoria se frenaron en seco, giraron a su derecha y cruzaron la pista justo por delante de la rueda de Peke que a buen seguro los tuvo muy, muy cerca. Éstas son las cosas que pasan en el monte cuando dejas a los diablos campar a sus anchas…
Una vez terminada la pista, y tratando de evitar la carretera, que a esas horas venía cargada de coches, tomamos un pequeño camino muy cerca de su arcén. El caminito en cuestión nos dejó justo en la puerta del Restaurante “El Puerto”, y por tanto en los coches.
Tras cambiarnos, guardar las bicis y despedir a los compañeros que tenían prisa, nos metimos de patitas en el restaurante para dar buena cuenta de una cervecita bien fresquita y unos platitos de patatas revolconas con unos poquitos torreznos, al calorcito del sol de la terraza y que no nos abandonó en toda la mañana.
En definitiva, una ruta con su punto de incidencia y fortuna a partes iguales, con una luz fantástica y unos paisajes muy bonitos, y sobre todo con la gratísima compañía de un montón de amigos que nos acompañan.
                                                                          Fotos de Jesus

                                                                        Fotos de Frailman

domingo, 20 de enero de 2013

Los 4 pueblos desde Manzanares

 Crónica de JuanCar


Últimamente la ruta que hacemos el fin de semana poco o nada tiene que ver con la que hemos estado debatiendo durante la semana. En un principio la ruta elegida iba a recorrer la zona de Colmenar del Arroyo y Robledo de Chavela, pero las condiciones meteorológicas que parecía iban a producirse nos hicieron decantarnos al final por una ruta más sencilla, cercana y que nos permitiera terminar lo más pronto posible.
La ruta elegida ha sido la de los cuatro pueblos: Manzanares El Real, Mataelpino, Becerril de la Sierra y Moralzarzal. Pero eso sí, variando, con respecto a las otras veces que la hemos hecho, el punto de inicio (y final) de la ruta. Para esta vez, Javi (Marek), había modificado el track de forma que empezáramos en la cola del embalse de Santillana, cerca de Manzanares, y que además no discurriera por las calles de Moralzarzal. A primera vista la ruta era (y es) de las más sencillas y suaves que hacemos, apenas 30 km y poco más de 300 metros de acumulado.  Cambiar el punto de quedada nos permitía, además, que justo el final de la ruta fueran unos cortos pero intensos senderitos seguidos de una pequeña trialerita final que nos dejaría justo al lado de los coches.
El único problema era que dejando los coches en pleno campo, no teníamos cerca ningún sitio para la posterior opcional…o sí, ya que contamos con unos cuantos expertos en la zona y sus lugares de restauración.
La semana, meteorológicamente hablando, tampoco nos estaba trayendo buenas noticias: la aparición de lo que los del tiempo llaman “ciclogénesis explosiva” y que debe ser algo muy moderno y que sólo pasa de unos años a esta parte, ya que yo cuando era chico sólo oía hablar de borrascas y anticiclones, se colaba en la península trayendo mogollón de frío, viento, lluvia o nieve. Y así parecía que iba a transcurrir el fin de semana, pero la previsión de nuestra página del tiempo favorita anunciaba una ventana de “tranquilidad” justo el domingo por la mañana, y justo el tiempo que nosotros necesitábamos.
Así pues, de ser unos poquitos apuntados y confirmados el jueves, pasamos de repente a ser más de 15 el sábado por la mañana y 19 apuntados el sábado por la noche. Al final nos presentamos 20 amigos y amigas en el punto de quedada; los nombres de quien nos presentamos son: Javi (Marek), Nacho (Gorcam), Alberto (Peke), Roberto, Jesús (Terminal), Pachi, Mariaje, Chani, Rodrigo (Glabre), Efren (Diabolik), Rubén (Karpov) Raúl (yiyirul), Miguel (Miguelín), Roberto (Murga), Jesús (Agila), Adri, Oscar y Ramón (amigos de Miguel), Amador (Cronos) y yo, Juan Carlos (JuanCar). Vamos, un tropel de bikers que incluso con la ciclogénesis en plena ebullición nos atrevimos a salir. No sé qué sucederá en primavera, quizá para ese tiempo tengamos que pedir permiso para atravesar los pueblos.
El caso es que estábamos ya todos preparados a las 9:00 de la mañana para salir dando pedales. Hacía un frío intenso, un viento bastante desagradable y nevaba, poco, pero nevaba. Los copos que caían eran los que el viento traía de la nevada de verdad que estaba cayendo en la sierra, la cual veíamos totalmente nevada y con un aspecto invernal digno de una postal.
Todos bien abrigaditos y con ganas de disfrutar la mañana, salimos de la zona de quedada, atravesando el puente sobre la cola del embalse de Santillana, camino de la rotonda de entrada a Manzanares El Real. Fue atravesar la rotonda y tomar las calles de la urbanización que desembocan en la pista de entrada a la Pedriza, y ya los más machacas nos llevaban casi 500 metros de ventaja. Los demás, mientras tanto nos tomábamos los primeros metros con parsimonia, calentando motores, aunque sinceramente, para esta ruta tampoco era necesaria mucha potencia.
La pista va bordeando la valla de La Pedriza, picando un poco hacia arriba, y en ese punto, los más machacas nos hacían el muelle a su antojo; incluso alguno se permitía bajar a cola de pelotón y volver a la cabeza sin que pareciera que le costara en absoluto.
La pista que circula por el borde de La Pedriza lleva hasta la Ermita de San Isidro, en el término municipal de Mataelpino. La distancia que separa La Pedriza de ese punto estaba repleta de agua; se notaba que el agua caída los días pasados estaba haciendo su efecto, hasta tal punto, que es maravilloso ver correr los arroyos como corrían ayer; el campo empapado y los charcos casi como lagunas. El vadeo de uno de los arroyos lo hicimos algunos con más dificultad que otros, e incluso hubo quien tuvo la tentación, y más que la tentación de catar la temperatura del agua metiendo los pies en él.
Hasta el momento la ruta transcurría con tranquilidad. Lo más o menos llano de los caminos, unido a que ya había dejado de nevar y de soplar el viento que nos atormentó a primera hora, facilitó que se empezaran a producir grupitos con sus conversaciones y sus bromas. Por encima de todos, como de costumbre cuando viene, Rubén (Karpov) y sus chascarrillos manchegos; tío, de verdad, no pierdas ese sentido del humor que tanto nos ameniza las rutas…eres un crack!!.
El paisaje era genial. Las cumbres de Navacerrada y La Pedriza totalmente nevadas y cubiertas de nubes que descargaban nieve en ese momento, el agua por todos los lados y el verdor de los campos junto con las buenas conversaciones y el buen rollo, hicieron que los primeros kilómetros pasaran casi sin enterarnos, y que enseguida estuviéramos ya en la Ermita de San Isidro y por tanto, ante la primera de las dos pequeñas subidas de la ruta: la que nos lleva a la urbanización “La Ponderosa de la Sierra” en el término municipal de Mataelpino.
El grupo, más o menos compacto, con cada uno en la posición dentro del grupo que suele ocupar, seguimos a un ritmo más o menos vivo y que permitía que nadie se descolgara demasiado y que las reagrupaciones fueran cortas. Por los caminos desde Mataelpino hasta Becerril siguieron las conversaciones y los comentarios acerca de lo bonita que estaba la montaña, mientras que al ir subiendo en altura, poco a poco empezaron a verse los campos cubiertos de un manto blanco; así, Becerril de la Sierra aparecía totalmente nevado, no con una nevada espectacular, pero si lo suficiente para que los coches, los tejados y los campos estuvieran totalmente blancos.
Atravesar las calles de Becerril fue una tarea un poco complicada. La nieve del borde de la carretera estaba congelada y más de uno tuvo que sufrir los patinazos de las cubiertas al pisarla. La noche anterior debió ser complicada aquí, sobre todo por el viento, ya que pudimos ver cómo éste había tumbado un gran árbol que a su vez se había llevado por delante un poste de la luz. Va a ser verdad que la ciclogénesis explosiva existe…
Enseguida, a buen ritmo, y prácticamente todos agrupados, abandonamos las calles de Becerril para ir poco a poco acercándonos a las inmediaciones de Moralzarzal. En esta ocasión no pasaríamos por su casco urbano, sino que siguiendo la modificación del track que hizo Javi, la rodearíamos para retomar el track original de la ruta de los cuatro pueblos a la salida del pueblo y ya en la vía pecuaria que lleva a Manzanares.
Una vez hubimos bajado la pequeña colina que hay a las afueras de Becerril, la nieve desapareció, y eso unido a que ya no hacía nada de viento y que en la lejanía veíamos como el cielo empezaba a abrir por el sur, hicieron que todos comentáramos el acierto de haber salido a rodar ya que nos estaba haciendo una mañana espectacular.
En las inmediaciones de Moralzarzal aprovechamos para parar a comer. Unas cuantas frutas, sándwiches y barritas después, hicimos la foto de grupo entre bromas y chascarrillos y con la duda de qué era esa especie de OVNI delante de la que estábamos y para la que no encontrábamos ninguna explicación razonable: se trataba de una especie de elevador con forma redonda en lo alto y a la que se accedía desde una escala interior…podría ser cualquier cosa, pero quizá lo más acertado es que sea un soporte de antenas…enorme, pero un soporte al fin y al cabo.
Unos minutos después, ya estábamos encima de nuestras bicis en grupo casi compacto, con destino a la vía pecuaria de salida de Moralzarzal. Una vez allí, el terreno, que pica hacia arriba, empieza a hacer una selección natural entre los más y los menos fuertes, aunque, a diferencia de otras ocasiones en las que nos hemos juntado grupos numerosos, las diferencias no estaban siendo tan grandes.
Una vez coronada la subida de la vía pecuaria, y en lo alto, nos encontramos ante un mirador natural sobre la falda de la sierra y sobre Manzanares El Real. Lástima que las nubes no nos dejaran ver con toda claridad el paisaje, porque las vistas desde allí son francamente espectaculares.
Desde este punto ya sólo queda bajar. La bajada se podría dividir en tres zonas. Una primera por pista en la que la única dificultad es abrigarse del intenso frío que se produce por culpa de la velocidad. Una segunda zona, de senderitos entre arroyos llenos de agua que todos o casi todos pudimos disfrutar con mayor o menor gozo, y una última parte de pequeña trialera que nos llevará directamente hasta el lugar donde estaban aparcados los coches.
La bajada es para todos los gustos. Poca complicación, e incluso nula, ya que existe la opción de poder bajar por pista sin atravesar ni los senderos ni la trialera. Eso sí, las piedras sueltas y las puntiagudas que abundan hacen que vayas con la precaución que merecen. Y si no que se lo cuenten a Jesús (Agila), que probablemente en una de esas piedras destalonó su rueda trasera perdiendo todo el aire. Afortunadamente estábamos ya en los coches y no fue necesaria una reparación.
La llegada a los coches se produjo 3 horas exactas después de haber empezado, justo lo previsto para ir a tomar una cervecita y hacer una buena opcional en algún sitio cercano. Así, hubo compañeros y compañeras que decidieron que se iban a sus casas, mientras que todos los demás, la mayoría, nos dispusimos a seguir a Rubén (Karpov) a un barecillo que él conocía en la carretera de Cerceda.
Tras un pequeño fallo con el GPS cerebral de Karpov que hizo que nos equivocáramos de calle, todos acabamos encontrando el sitio correcto, un curioso bar en el que nos tomamos un par de rondas a la salud de Jesús (Agila), la primera, y a la de Miguel la segunda…gracias por la invitación, compañeros.
El porqué de lo peculiar del bar es bien sencillo. Un bar chiquitito, que nosotros solos lo llenábamos. Un paisano de esos de mejillas rojas, sanote él, que junto con cervezas y refrescos vende los productos de su huerta y embutidos que según Rubén los trae de la zona de León: chorizo, cecina, jamón… Todo en un ambiente ciertamente entrañable en el que destacaba una estufa de leña de las de toda la vida, una sola mesa con tres sillas, idénticas a las que yo recuerdo en casa de mi abuela hace 35 años, y un olor a pueblo de verdad…el olor de la leña quemándose en la estufa. Si a todo eso le 
añadimos los deliciosos torreznitos que nos puso de tapa y los trocitos de queso que corrieron por allí, se puede decir que la opcional fue de las buenas; yo diría de la excelentes…gracias Rubén por enseñarnos el sitio; en primavera y verano tiene que ser un sitio genial ya que cuenta con una terracita exterior mucho más amplia que el propio local.
Así pues, lo dicho, una mañana de las nuestras, con nuestra gente haciendo lo que nos gusta…¿se puede pedir más?.

                                                                         Fotos de Jesus
                                                                       Fotos de JuanCar
                                                                         Fotos de Raul
                                                                       Fotos de Miguel
                                          

domingo, 13 de enero de 2013

Senderos de Valmayor

Crónica de JuanCar           

Varias fueron las opciones que se estuvieron barajando durante toda la semana, pero lo que hizo que al final nos decidiéramos por los senderos de Valmayor fue el tiempo. Durante toda la semana se anunciaban lluvias, frío e incluso nieve, lo que nos hizo descartar algunas buenas opciones que a buen seguro conseguiremos hacer en próximas fechas.
La ruta de los senderos de Valmayor es una ruta bastante sencilla, sin ninguna dificultad técnica ni física que pasa por varios puntos de interés tanto turístico como para nosotros, los locos de las dos ruedas. Haciendo una pequeña introducción cultureta de estos “puntos de interés”, podemos hablar primeramente de la Silla de Felipe II. La silla de Felipe II es como dice la “Wikipedia”, un canchal de granito sobre el que hay labradas diferentes plataformas escalonadas que, según la tradición, servían de observatorio al Rey Felipe II durante la construcción del Monasterio de El Escorial, si bien recientes investigaciones apuntan o bien a un origen prerromano creyéndose que forma parte de un altar dedicado a la diosa Venus, o bien a que se trata de una simple recreación historicista del siglo XIX buscando un punto romántico al conjunto de roca.
Otro de los puntos de interés que atraviesa nuestra ruta es el propio embalse de Valmayor, el segundo en importancia y dimensiones de la Comunidad de Madrid, aunque es cuatro veces más pequeño que el más grande, el embalse de El Atazar. El embalse de Valmayor se alimenta de las aguas del río Aulencia que, a su vez, nace en el monte Abantos, justo detrás de El Escorial. En realidad el embalse de Valmayor son tres represas. Una primera llamada Embalse de los Arroyos, el propio embalse de Valmayor y una tercera represa ya en desuso denominada embalse y presa de Valmenor. Aparte de las aguas del Aulencia, el embalse de Valmayor también recibe las aguas del río Guadarrama, pero eso sí, no de forma directa, sino mediante un túnel de trasvase de 5 km de longitud.
Pero dejemos ya de introducción cultureta para hablar de la ruta de ayer en sí misma, una de las rutas más divertidas y que más disfruta todo el mundo de cuantas hacemos a lo largo de todo el año. Es cierto que la ruta en sí no es exigente: poco más de 40 kilómetros y menos de 500 metros de acumulado no son cifras precisamente elevadas, pero los diferentes tramos por los que pasa, si te los tomas con energía y dándolo todo, puedes acabar la ruta casi para el arrastre.
A las 8:45 estábamos ya casi todos en el punto de quedada. Esta vez, en vez de empezar en el restaurante en el que acostumbramos a hacer la opcional final, decidimos, por si acaso no hubiera sitio para aparcar todos los coches, empezar en el aparcamiento de la estación (más que estación es un apeadero) de tren de cercanías de “Las Zorreras”. El viento reinante a esa hora, y los copos de nieve que se escapaban del cielo, nos hacían presagiar una mañana fría y desagradable, pero nuestra esperanza era que las nubes que claramente se veía como estaban descargando nieve en la sierra no pasaran de ahí, ya que el cielo pocos kilómetros más al sur estaba bastante despejado. De hecho, fuimos testigos de un bonito amanecer; frío si, pero muy bonito.
Al final, entre las diferentes bajas que hubo, algunas de ellas por motivos de salud y otras no sabemos muy bien porqué, aunque suponemos que la previsión meteorológica pudo más que las ganas de salir de casa, nos presentamos 14 amiguetes: Javi (Jablan), Jesús (Agila), David, Miguel (Miguelín), Roberto (Murga), Aitor, Nacho (Gorcam), Pablo, Jesús (Terminal), Pachi, Javi (Marek), Roberto, Alberto (Peke) y un servidor, JuanCar.
Tras dar un margen de tiempo de cortesía para esperar a los que al final no se presentaron, iniciamos la ruta a las 9:10 de la mañana, atravesando las calles de Navalquejigo en busca de la primera parte de la ruta. Ésta primera parte es común a otra de las rutas “clásicas” de la zona, La Ruta de las Cancelas de El Escorial cuya principal característica es exactamente ésa, la de la cantidad de cancelas que hay que abrir y cerrar par que el ganado suelto no se escape de las fincas.
Esta primera parte se extiende durante unos 10-11 km hasta su llegada a El Escorial y transcurre por fincas del tipo dehesa donde se puede rodar por pistas bastante divertidas entre vacas y caballos sueltos. En principio esta parte no tiene absolutamente ninguna dificultad, pero lo que si tiene son unas magníficas vistas del monte Abantos y de los montes adyacentes y que ayer estaban encapotados en su cima donde se apreciaba claramente cómo estaba nevando y cubiertos de una fina capa de nieve en casi toda su extensión. También son dignas de ver las vistas del cada vez más cercano monasterio de El Escorial.
Esta primera parte es, para mí, una primera parte de transición hacia el primer objetivo del día. Es más, aunque en esta parte de la ruta alguno tirara, que tiró más que los demás, las cancelas hacían que los reagrupamientos fueran continuos, con lo que a las calles del pueblo llegamos casi prácticamente en grupo compacto. Tras llegar a San Lorenzo de El Escorial y callejear por él poco menos de dos kilómetros, salimos hacia el bosque de La Herrería no sin antes atravesar la carretera que da acceso al aparcamiento de la silla de Felipe II.
El bosque de La Herrería es un lugar precioso. Es bonito en primavera, fresco en verano, tiene un otoño alucinante y un invierno genial. Supongo que este paraje nevado ha de ser de postal. A mí personalmente me recuerda un poco a los bosques de cuento. Los fresnos y robles ahora sin hojas, los tocones de roca de granito llenos de musgo y las hojas secas en el suelo le dan ese toque un tanto terrorífico que bien podría pertenecer al cuento de Hansel y Gretel (¿quién será la bruja?). Rodar por el bosque y por sus senderos es una gozada, y cuando lo hice por primera vez, más que una gozada me pareció un lujo. Aquí, nuestro maestro Marek nos demostró que si va el último es porque quiere, porque se puso a tirar como un bruto y los que íbamos detrás tuvimos que hacer un buen sobreesfuerzo para alcanzarle. El tirón de Javi hizo que el grupo se dispersara por todo el bosque. A la reagrupación en la carretera de subida a la silla íbamos llegando con cuenta gotas y con bastante frío, ya que en el bosque todos pudimos apreciar como empezaban a caer unos pocos copos de nieve que no fueron a más.
La subida a la silla por carretera no es especialmente complicada. Tiene una pendiente bastante sostenida, que a ritmo, se puede hacer hablando y sin gastar demasiadas energías. Además, se notaba que en el día de ayer muchos grupos habían decidido venir hacia esta zona de la sierra quizá porque subir a más altura era una tarea imposible. Una vez arriba, todos aprovechamos para sentarnos en la silla (supuesta) del Rey, observar el paisaje nevado de ayer y congelarnos con el viento helado que soplaba desde las montañas. Éste fue quizá el punto de la ruta donde más frío pasamos. Así pues, foto de grupo rápida y a seguir camino que la mañana se nos echa encima.
Tras salir del recinto de la Silla, la ruta nos lleva por la misma pista de ascenso durante unos 200 o 300 metros más hasta una pequeña cancela que da acceso a la parte alta del cerro y desde donde empezaba la parte más disfrutona del día y que yo lo dividiría en tres partes: Una primera que comienza en la cancela de la silla y que tras un descenso vertiginoso por pista, nos lleva hasta la carretera de Zarzalejo. Ésta bajada no reviste ningún tipo de dificultad salvo un par de curvas de poco menos de 90 grados y alguna que otra rodera central y lateral donde parece ser que Pablo metió la rueda y dio con sus huesos en el suelo sin, afortunadamente, ninguna consecuencia.
La reagrupación tras la bajada siempre la hacemos en la carretera, justo al lado del puente de las vías del tren. La llegada de todos y cada uno de nosotros fue bastante rápida, lo que quiere decir que todos, a nuestra manera lo disfrutamos de lo lindo, al menos a juzgar por las expresiones de nuestras caras. Y es que el frío era menor, ya no caía ningún copo de nieve, hacía menos viento, y las nubes estaban empezando a clarearse. O quizá es que los que conocemos al ruta sabemos lo que viene a continuación y eso nos ponía una gran sonrisa en la cara…
Y es que nos espera el segundo de los tres tramos de la parte quizá más divertida de la ruta: la primera parte de los senderos de Zarzalejo. Uf!...¡¡qué decir de estos primeros senderos!!. Solamente se me ocurre una expresión: ¡espectacular!. A los que nos gustan estos senderos procuramos guardar la mayor cantidad de fuerzas para este punto. Yo, en mi caso, salí en una quinta o sexta posición y acabé el tercero tras la rueda de los dos Jesús…Terminal el primero y Agila el segundo. La verdad es que todos, cada uno a su manera lo disfrutamos de una forma excepcional. Revirados, con peraltes, con algún que otro salto, con pasos prácticamente nada complicados y ese saltito final que nos deja en la pista que separa los senderos en dos tramos.
Tras la oportuna reagrupación y los comentarios acerca de lo que acabábamos de pasar, fuimos tomando posiciones para acometer la tercera de las zonas de diversión; el segundo tramo de los senderos de Zarzalejo. En este caso fui yo, delante de Agila el que tomó la cabeza para ir marcando las trazadas, pero desafortunadamente se nos colaron delante tres “paquetes” del club ciclista de Valdemorillo que no nos dejaron disfrutar al 100% de los senderos, aunque el reto de pasarles le añadió el plus de emoción que ellos nos restaron. Yo, por mi parte, conseguí rebasar a dos de ellos, pero el tercero se resistió…y es que parecía que cerraban los senderos aposta..¡¡qué les hubiera costado apartarse!!. Aun así, la percepción no cambia, es la parte más espectacular de la ruta y con bastante diferencia. Lo malo es que como te hayas dejado el alma allí, el resto de la ruta lo vas pagando…afortunadamente ayer no fue ese el caso.
Tras pasar los senderos de Zarzalejo y atravesar la M-600, rodamos por una pequeña zona de transición que nos llevará hasta el embalse de Valmayor. En esa zona de transición se encuentra la Ermita de Valmayor, lugar que siempre elegimos para comer, reponer fuerzas y comentar el paso de los senderos…y de lo que nos queda. Nos llama la atención el sol y la buena temperatura. Justo a esa hora hacia casi calorcito y el viento ya había dejado de soplar. El sol nos acompañaría hasta el final de la ruta y en más de una ocasión ganas nos dieron de aligerarnos de ropa.
El momento barrita no es demasiado largo. El ansia de senderos hace que más de uno toque arrebato antes de lo habitual. Y así nos encaminamos todos hacia el embalse. Una pequeña avería en el desviador de la bici de Rober (Murga) hace que paremos un rato hasta que se solventa, tras lo cual, iniciamos el camino que nos lleva por la ribera del embalse en su parte occidental; en el brazo más extenso de los que tiene Valmayor. Nos sobrecoge el aspecto del embalse. Muy poca agua y demasiada aridez. Esperemos que este año nieve de lo lindo y el Aulencia haga su buen trabajo en el deshielo de primavera.
Los senderos de esta parte del embalse nos llevan hasta la zona en la que hay que atravesar el brazo por su parte más estrecha. Afortunada o desafortunadamente el nivel del pantano es tan bajo que podemos atravesarlo sin ninguna dificultad. Aún recordamos como el año pasado, estando también bajo el nivel, en este punto vimos incluso una piragua tratar de colarse entre las piedras; eso, en este momento sería del todo imposible.
Tras el paso del brazo del pantano, nos disponemos a bordearlo por su margen noroccidental después de haber rodado por un tramo de las pistas del canal de Isabel II. Hacemos la penúltima reagrupación a la vera de la carretera de Galapagar - El Escorial y juntos nos dirigimos hacia la parte final de nuestra ruta. La parte final del embalse nos deja en la parte baja de la presa de Los Arroyos, primera de las tres represas de Valmayor. Justo en ese punto, la mayoría de nosotros aprovechamos para hacer una serie de saltos con su correspondiente sesión fotográfica antes de dirigirnos a la última parte de nuestro recorrido. Muchos fuimos los que saltamos y entre risas y saltitos se nos fue casi media hora, con lo que ya tocaba salir de nuevo hacia los coches.
Los senderos finales de Navalquejigo son también muy divertidos, aunque a decir verdad lo son mucho más en sentido contrario, ya que en el sentido en el que los hicimos pican hacia arriba y te dejan con las fuerzas bajo mínimos, y es que los cortos pero intensos cambios de nivel y las subidas y bajadas continuas hacen que acabes con la lengua fuera. Además, hay un par o tres de pasos algo técnicos que si no los conoces, pones el pié a tierra seguro.
Tras el paso de los senderos finales, tomamos un pequeño atajo para volver callejeando por Navalquejigo hacia la estación. Nos sorprendió que en ese momento el cielo se empezó de nuevo a cerrar, el viento empezaba de nuevo a soplar con intensidad y a la altura de El Escorial se veía que estaba cayendo una intensa nevada. Así pues, un poco apurados por la hora (eran ya las 13:30) y por el mal tiempo que se avecinaba, decidimos que lo mejor era tirar cada uno para su casa y dejar la opcional para una mejor ocasión.
En fin, ¿qué más se le puede pedir a una mañana que cuando la previsión es tan desfavorable hasta el tiempo nos respeta?, que aun sin ser una ruta dura acabas bastante molido por la intensidad de los pasos de los senderos, y que sobre todo, y durante toda la mañana no nos paramos de reír y de disfrutar…insisto, ¿qué más se puede pedir?.

                                                                          Fotos de Jesus
                                                                  Fotos de JuanCar y Miguel

lunes, 7 de enero de 2013

Hasta Alpedrete de la Sierra por las pistas del Canal

Crónica de JuanCar                 

Habíamos pensado que para la primera ruta del año nada más adecuado que una ruta sencilla, con una cantidad justa de kilómetros, sin ningún tipo de dificultad técnica y con la única dificultad física que la del lastre de los polvorones ingeridos en los sube-baja de las pistas del Canal de Isabel II. Además, como hacía tiempo que no íbamos por la zona de Patones (yo en concreto  no había estado nunca en bici), se decidió ir a rodar por esa zona.
Así pues, y tras la festividad de Reyes, decidimos que lo más apropiado sería cambiar la ruta de nuestro día habitual, el domingo, al lunes, aprovechando que es festivo y así, los que tenemos peques podríamos asistir sin ningún problema. Con esta premisa, a las 9:00 de la mañana del lunes 7 de enero de 2013, nos presentamos en el aparcamiento del Pontón de la Oliva 16 amiguetes todos dispuestos a pasar una muy buena mañana. Para que no se olvide ninguno, los asistentes fuimos: Javi (Marek), Jesús (Terminal), Nacho (Gorcam), Pachi, Pablo, Ángel (Arrojo), Javi (Javi_Apf), Javi (Javichu), Javi (Jablan), Jesús (Agila), Rodrigo (Glabre), Alberto (Peke), Jose (El_Negro), Paco (Amigo de Peke), Fernando (Ciclo) y yo, JuanCar.
La primera sensación nada más bajar del coche fue bastante terrible: hacía un frío brutal. Parece ser que los termómetros de los coches marcaban 5 grados bajo cero, y el aspecto del campo era de invierno cerrado e intenso. La escarcha parecía nieve, y la intensa niebla hacía que no se viera 50 metros más allá. Así que, es estas condiciones, nos pertrechamos con toda la ropa de abrigo que llevábamos e incluso así, más de uno pasó una mañana de perros con el frío tan intenso que hacía.
En un primer momento parecía que la niebla nos iba a dar una tregua, el sol se asomaba tímidamente entre las nubes en el amanecer y justo a nuestra altura, a esa hora tan temprana, el cielo se veía despejado. Eso sí, en menos de media hora el sol se escondió entre las nubes que bajaron precipitadamente hasta el suelo, y la niebla cayó sobre nosotros sin darnos la mínima tregua en toda la mañana.
A las 9:10 salimos en fila de a uno del aparcamiento. Quien más y quien menos llevaba algo congelado. Algunos se quejaban, con razón, de que el cambio no les respondía porque los cables estaban congelados, otros que las manos las llevaban totalmente congeladas, y la mayoría que los pies eran como témpanos de hielo. En estas condiciones recorrimos la distancia que va desde el aparcamiento del Pontón hasta Patones (de Abajo) pedaleando por encima de la mismísima conducción del Canal con la única dificultad técnica que la de ir sorteando los diferentes registros, y saltando el par de vallas que hay instaladas en un par de casetas de registro del Canal.
En un santiamén habíamos recorrido ya los escasos 4 kilómetros que nos separaban de Patones y tras una pequeña reagrupación enfilamos la primera dificultad del día: ascender hasta la entrada del pueblo de Patones de Arriba por el camino (con escalones) del lado derecho de la garganta que le da acceso. Quizá podíamos haber subido por carretera, pero en ese momento ni nadie lo planteó ni era la idea, y un rato de empujabike no venía nada mal para entrar en calor y eso sí, cargar un poquito los gemelos. Una vez arriba yo ya no oí a nadie quejarse del frío salvo del frío en los pies que más de uno sí que llevaba.
En un principio cabía la posibilidad de ascender hasta Patones de Arriba y descender luego por una trialera en el lado opuesto de la ladera en la que está ubicado el pueblo, pero el sentido común hizo que nos dirigiéramos hacia la pista del canal e iniciar el sube-baja típico de estas pistas. La verdad es que me impresionó bastante un par de cosas: el gigantesco tamaño de las tuberías del canal que funcionan con el principio de los vasos comunicantes, y la espesa niebla que no nos dejaba siquiera ver el valle. La ruta nos llevaba por tres de las gargantas “entubadas”, siendo la primera de ellas la de Patones de Arriba. Lástima no poder disfrutar del paisaje desde allí arriba, aunque la niebla y el entorno casi sin vegetación y con el tono gris y óxido de la pizarra tenían un toque especial.
Tras nuestro recorrido por las “gargantas entubadas”, iniciamos un rápido descenso para ir a buscar el límite provincial de la Comunidad de Madrid con la provincia de Guadalajara. Sin atravesar el límite, marcado por el cauce del río Lozoya, seguimos descendiendo por un entorno (no digo paisaje porque paisaje no vimos), en el que la mezcla de la piedra de pizarra con algún que otro pino que se adivinaba cerca de nosotros, nos hizo decidir que esta ruta hay que repetirla con una mejor visibilidad.
El descenso por la pista con charcos helados, con la tierra congelada y el suelo a nuestro alrededor cubierto de escarcha, nos llevó a la ribera del río Lozoya. La reagrupación la hicimos en un paraje muy singular. A nuestra izquierda la roca empapada y con las raíces de muchos árboles a la vista todo cubierto de un musgo cuyo verdor daba un toque a bosque invernal precioso; a nuestra derecha una pradera cubierta de árboles en la que pastaba un toro tan enorme que parecía un bisonte; al fondo el ruido del agua del río, y delante y detrás de nosotros una espesa y húmeda niebla que nos volvió a recordar el frío que habíamos pasado en el descenso hasta allí.
Desde aquí, y por espacio de unos 4 o 5 kilómetros estuvimos pedaleando en un paraje precioso como el descrito antes. Una pista llana y ancha sin ningún tipo de dificultad que alimentó las ganas de charla y tertulia sin dejar de disfrutar del entorno que nos rodeaba. En este punto el río queda represado un par de veces. La primera a nuestra vista, una presilla ancha y poco profunda en al que se podía observar la claridad de las aguas y nos hizo pensar en cómo debía ser un bañito allí en pleno verano. La segunda es la presa de la Parra, un lugar muy bonito en el que la presa se atraviesa por un puente que a los que tenemos algo de vértigo nos produjo una cierta aprensión, sobre todo por notar cómo se movían las losetas de hormigón a nuestro paso. Tras disfrutar de un rato de charla, del momento barrita y de hacer la foto de grupo, continuamos nuestro camino con las miras en llegar a nuestro siguiente objetivo: Alpedrete de la Sierra.
La pista desde la Presa de la Parra hasta Alpedrete de la Sierra es una subida de unos 3 kilómetros con un desnivel prácticamente constante entre un 7 y un 10% y que a ritmo y con paciencia se sube sin ningún tipo de problema. Sólo algún compañero que iba francamente machacado por la inactividad y alguno que otro que aún no había entrado del todo en calor lo pasaron algo peor; el resto llegamos al descenso siguiente bastante frescos y no sólo por el tiempo atmosférico.
La bajada desde este pequeño collado se hace rápida y fácil; hasta 54 km/h marcó mi GPS en ella. Lo malo de dicha bajada es que inmediatamente después le sigue una nueva subida hacia el pueblo de Alpedrete de la Sierra. La niebla no nos dejó ver mucho del pueblo salvo su calle principal. El frío y la humedad parecía que había dejado el pueblo deshabitado; tan sólo un paisano parado de pie en la puerta de su casa acertó a recordarnos lo locos que podemos llegar a estar: “…hace falta tener moral para salir hoy…”, fueron sus palabras exactas. Lo que no oyó fue como Jesús le decía que si sacaba unas chuletitas para hacerlas en la lumbre que tenía al lado nos quedábamos allí con él…bueno, no lo oyó o no quiso oírlo…
La salida del pueblo se hace ya, de nuevo, por la pista de Canal. Una subida con poco desnivel y muy tendida nos lleva sin remedio a los continuos sube-baja característicos de estas pistas. De nuevo la niebla nos imposibilitó disfrutar de las vistas que se adivinaban, y es que allí abajo se escuchaba el agua del Lozoya que iba camino del Pontón de la Oliva, serpenteando de la misma manera que serpentea la pista del canal unos metros más arriba.
La llegada al Pontón de la Oliva es muy divertida. De repente se terminan los sube-baja, siendo el tramo final una bajada muy divertida con sus baches y sus curvas cerradas en las que más de uno estuvo apuntito de acabar perdido en la niebla. En el Pontón de la Oliva visita turística de la presa, del paso con las argollas en las que se ataba a los presos que construyeron todo aquello y comentarios acerca lo locos que estaban algunos al estar escalando las paredes de las laderas cercanas al Pontón.
Eran las 13:30 cuando llegábamos de nuevo a los coches. Fríos, con la sensación de no haber podido disfrutar al 100% de la ruta por culpa de la niebla, pero como siempre habiendo pasado una magnífica mañana, esta vez de lunes, en compañía de los colegas de pedales.
Una cosa está clara, esta ruta hay que repetirla sí o sí para poder admirar los paisajes que la niebla nos negó.
                                                                     Fotos de Jesus
                                                                   Fotos de JuanCar